martes, septiembre 23

Aita te quiero mucho...















Se acercaba la Natividad, fechas propias para el acercamiento entre las personas, entre las familias, con los amigos…….

Las calles céntricas y más comerciales parecían un hervidero de luces y de gentes, los escaparates de las tiendas mostraban mucho de lo que se podía conseguir siempre que tuvieras los ceros detrás de la coma y para aquellos que los tuvieran ( los ceros ) antes, otros escaparates ( los de los bancos ), mostraban la posibilidad de conseguir ahora lo que no tenías antes comprometiéndote a pagarlos después.

No sé, si los recuerdos de otros de otros tiempos pasados o la máxima socialmente aceptada del “Espíritu de la Navidad”, hacían que quien más o quien menos intentara en esos días maquillar y apuntalar los compromisos familiares aún y teniendo que pagar las consecuencias de juntar las churras con las merinas, o la simple conjunción de suegros, cuñadas, padres, abuelos, yernos, nueras, hermanos, nietos,…..en combinaciones moleculares al borde de la “masa crítica”. Pero se aúnan voluntades de buenos deseos intentando sostener la idea o simplemente una intención y se reza para que los días de compromiso obligado en el que hay que elegir entre comemos con estos y cenamos con esos, tengan el menor costo posible y la cena de Nochebuena y la comida del día de Navidad no tengan como nexo de unión el “Rosario de la Aurora”.

Además está también el tema de los ausentes, sempiternos invitados entre las gentes más sensibles, algunos por forzosos y dolorosos, otros por dolorosos y forzosos. En cualquier caso ni el besugo es de nuestras aguas ni el lechazo de hoy sabe como el de antes.

El “inventillo” del amigo invisible ha resuelto aparentemente y gracias al azar situaciones que resultaban espinosas y causa de agravio y resentimiento.

Nuestro héroe pensaba estas cosas mientras rascándose el fondo de los bolsillos buscaba el euro que le iba a permitir comprar el periódico para buscar en la sección de empleos el anuncio que le permitiera salir del Superjornal de 600 áureos y 8 horas contratadas ( que al final eran 9 o 10 exigidas y no pagadas ) con el que vivía de contrato temporal en contrato temporal.

Veía los coches, lujosos, aparcados en dobles filas interminables, a sus paisanos acarreando bolsas y bolsones llenos de paquetes de colorines.
Su economía anfibia iba mareándose por todas las veces en las que era restada, dividida en partes en las que al final nuevamente y reiteradamente se volvía a dividir entre cuatro. Limitado el resultado quedaba también limitada la lista de productos a los que podía tener acceso, hubo un tiempo no muy lejano en el que el factor divisor eran cinco pero……….Además el quinto no era el, simplemente no se contaba.

Las manos en los bolsillos y el calor de su chaqueta le hacían añorar otros tiempos en los que las mismas fechas producían un nerviosismo y expectativas constantes, entonces todo resultaba más acogedor y hogareño. El desenlace del Día de Reyes no siempre satisfacía la fantasía que tanta espera había provocado pero siempre aparecía para poder solucionarlo el olvido.

Sus pasos le llevaron hacia la Plaza Mayor, abarrotada de gente, con un árbol que no era tal árbol, inmenso que decía “árbol de los deseos”, unas muchachas sonrientes se encargaban de coger los sobres de la suerte de las vallas amarillas, de muchas manos, de muchos tamaños y las distribuían colocándolas en el árbol. Puestos de polvorones, mazapanes, turrones, petardos……

Casitas de pastores, molino, Reyes Magos, pajes, conducían al Portal que era anunciado por un Angel cibernético estrellado al que solo le faltaba un cartel no que rezara “Paz en la tierra a los hombres de Buena Voluntad” sino “El Corte Inglés”.

Miró a la Virgen María, estática, suponía que aterida de frío, sobrecogida por el tumulto que había organizado su no-unión con el Angel anunciador, como pensando si toda aquella gente trataría con comprensión aquella unión no lícita con resultado de vida gestada.

Miró también a San José, paradigma del cornudo dignificado por la gracia de dios y le inspiró lástima, decían que era carpintero, su barba no tenía ni serrín ni viruta pero aparecía canosa, supuso que el fruto de la edad y del hecho de asumir una situación que habría roto su corazón y su confianza. Posiblemente abochornado por no haber podido superar aquella situación de forma privada, íntima, sin tanto revuelo, sin hacer de “aquello” un motivo para el festejo y que todo el mundo parecía dispuesto a aceptarlo aunque a él le hubiera costado algún problema lumbar y gastritis.

Estaba también el niño, Jesús, símbolo de un nuevo nacimiento, de nuevos nacimientos, pero que en muchos lugares del mundo y constantemente venían marcados por su desnudez, por su fragilidad, con la necesidad de ser cuidados. Este niño Jesús, con unas manitas que apuntan hacia el cielo recibía la visita de los tres Reyes Magos, proporcionando además de reconocimiento, del nacer a una nueva vida, oro, incienso y mirra. Para nuestro hombre resultaba especialmente doloroso que otros niños de otros mundos no tuvieran la atención y el reconocimiento de tan insignes personajes, más bien recibieran la visita de los cuatro jinetes del Apocalipsis y pensó, y sintió, que la vida podía ser dura, injusta y que además había que vivirla para que no te llamaran cobarde, trabajar mucho por poco, para que no te llamaran vago, poner buena cara, para que no te tildaran de amargado, detentar los signos externos del triunfo, para que no te llamaran fracasado………..

Volvió hacia su casa entre las corrientes de gente que parecía que tenían adonde ir y además urgentemente, sin ver, sin tener en cuenta, sin prudencia para chocar con quien fuera que se interpusiera en su camino, hablando a voces, gritándole a su teléfono móvil como si este no funcionara y esperaran hacerse oír directamente.

Al llegar a casa y apagar todas las luces (todas) de las habitaciones en las que no había nadie, porque no había nadie, se dirigió a la cocina, calculó si sería oportuno encender la calefacción en ese momento o un poco más tarde y dejó la decisión para después, para cuando llegaran el resto de los habitantes, su frío se solucionaba con otro jersey. Sacó un puchero del armario y lo llenó de agua, dispuesto a hacer una sopita caliente para la cena. En ese momento sonó la puerta de la entrada, sintió unos pasos contundentes que venían hacia la cocina, sintió un abrazo por la espalda y oyó una voz que le decía “Aita, te quiero mucho”.








( Una aclaracion Aita sinifica papa )


Escrito por mi amigo Brihaspati.


En alguna ocasión le he oido decir : "de lo humano a lo divino"... ya te voy entendiendo.

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